La mujer del Cóndor 37. Un descarado
Regina
Cuando desperté y lo vi acostado a mi lado, mi enojo resurgió como una ola imparable. ¿Cómo podía estar tan tranquilo después de todo lo que había descubierto? Mientras él se estiraba con pereza y trataba de rodearme con sus brazos, me aparté bruscamente. Sin pensarlo, tomé el jarrón con agua de la mesa de noche y se lo lancé con todas mis fuerzas.
—¡¿Qué demonios te pasa?! —gritó Michael, poniéndose de pie empapado y con el ceño fruncido, una mezcla de sorpresa y furia en su rostro.