La mujer del Cóndor: 28. Mi única opción
Regina Stravos
Desperté desorientada, con el sol italiano colándose por las cortinas de terciopelo. Reconocí la habitación al instante: la mansión de Michael. Su cama. Su territorio.
Lo primero que sentí fue rabia. Me levanté rápidamente, el cuerpo todavía algo adormecido por lo que había hecho. ¡Me había dormido otra vez! No podía creer su descaro, su abuso.
El sonido del agua cesó, y unos segundos después, Michael salió del baño envuelto en una toalla. Tenía esa mirada despreocupada y a