Alexandre
Mi fin de semana había sido, una vez más, increíble al lado de Jaqueline. Tenerla entre mis brazos me daba una paz que yo no sabía que existía para mí. Mi celular, abandonado sobre el aparador de mi ático, vibraba sin descanso. Yo ignoraba con gusto los mensajes de los viejos compañeros de fiesta: invitaciones para reuniones, cenas regadas de vino caro, paseos por la costa y chistes reciclados. Incluso Pedro me había enviado al menos tres mensajes seguidos:
“¿Ya elegiste el traje de l