Alexandre
La noche se arrastraba dentro de la comisaría. Yo permanecía sentado, con las manos entrelazadas y la mirada fija en un punto vacío. El sonido de los teléfonos, las conversaciones y todo el ir y venir parecía distante. De repente, mi celular sonó sobre la mesa. En la pantalla, un número desconocido.
—Son ellos —señaló el comisario.
Puse el altavoz. Del otro lado surgió una voz grave y distorsionada.
—Escucha bien, ricachón. Tenemos a tu mujer. Si quieres verla con vida otra vez, vas a