Thais
El colchón fino no me dio el más mínimo confort. Me desperté con dolor en cada hueso y un olor rancio de tela barata pegado a la piel.
—¡Esto no es una cama, es un castigo!
Me estiré refunfuñando en voz alta. Escuché cuando los tres cómplices de Betão sonreían a mis espaldas. Uno de ellos me miraba con burla.
—Entonces, princesa, ¿qué quieres para el desayuno?
—Ya es más del mediodía. ¿Vas a querer almorzar ahora, madame? —dijo otro.
Los ignoré porque no quería irritarme más de lo que ya