Alexandre
Jaqueline estaba con el rostro vuelto hacia la ventana, las piernas cruzadas, pero su mirada oscilaba entre el paisaje de la madrugada y mi reflejo en el vidrio. El silencio entre nosotros dentro del coche era denso. Ese tipo de silencio que carga todo lo que no se dice y reprime lo que uno finge no sentir.
—No sirve de nada actuar así, Jaqueline. De verdad me importas.
—Este no es el camino de mi casa, Alexandre.
—Lo sé. Te estoy llevando a mi ático. —Mi voz salió tranquila y mi mira