Zaria había dormido hasta tarde y se despertó hambrienta. Sentada en la cama, su cabello negro inconscientemente revuelto sobre su rostro, la sabana abrochada bajo sus brazos, firme sobre sus pecho, escudriño la habitación en busca de cualquier señal de Issam.
No hubo ninguna.
Con un pequeño suspiro de alivio, se envolvió la sabana con más firmeza y salió de la cama, camino lo mejor que pudo con un vestido improvisado hacia la maquina de café. Estaba tibio, presiono el botón para recalentarlo y