La novia elegida
La novia elegida
Por: Ornella Carey
Preludio

Alessio

Estaba enamorado ella.

No me quedó duda alguna cuando supe que, sin importar nada más, solo quería que ella se quedase conmigo para que pudiésemos arreglar los problemas, las diferencias que surgieron por mi ambición y mi ceguera. La vi caminar de un lado a otro con nerviosismo, tocándose su hermosa cabellera oscura, larga y sedosa con una ansiedad que no solo la estaba dañando a ella, sino que me estaba dañando a mí. Me estaba demostrando que ella sufría por las muchas posibilidades que se abrían en ese momento para los dos.

No quería que su rostro níveo y perfecto se viese manchando por las dudas.

Así que me acerqué a ella y la tomé de los hombros, lo que hizo que sus preciosos ojos rasgados de color marrón me vieran con miedo, con dolor, con mucho resentimiento. Esa mezcla me estaba destruyendo por dentro, de una manera que no vi venir. Se suponía que ella solo sería un peón en esta guerra, un elemento que me daría lo que necesitaba para poder llevar a cabo mis planes, no que me robaría el corazón, los sentidos y mi cabeza.

—Estaremos bien, pase lo que pase, Amaya —le dije y sus labios finos temblaron en respuesta.

—No te creo, Alessio… Ya no te creo nada.

Eso me dolió y más cuando se zafó de mi agarre y siguió caminando, como si yo estuviese ahí.

—Te lo prometo, preciosa… Haré que todo marche bien. —Insistí y ella me vio con rabia.

—No… Tú solo me usaste, solo fui una transacción más para tu venganza y ahora, si estoy embarazada es por tu culpa, por lo que hiciste… Tengo que vivir este embarazo en medio de un desastre, en medio de estrés, en medio del miedo constante de que al saberse que mi bebé sea un blanco —espetó con lágrimas corriendo por los ojos—. Nada está bien, no quería traer un niño al mundo en estas condiciones, no quería tener un hijo contigo, no quería…

Ella se derrumbó en el piso a llorar, y no pude hacer otra cosa más que acercarme en contra de sus deseos y abrazarla para darle el calor que se merecía, el cobijo que necesitaba estos días.

—Te voy a proteger, los voy a proteger —remarqué con ímpetu.

—Te odio —contestó, pero no se quitó de mis brazos—. Te odio mucho… Esto es tu culpa.

—Lo sé, lo sé.

—Yo no quería casarme, yo no quería esta vida, yo no quería ser usada como un ganado… Yo quería ser feliz, yo solo quería una vida normal y no tener miedo de que a mis hijos jamás les suceda algo…

Escuchar sus más grandes temores me partió el corazón.

Ella no estaba hecha para esta vida, lo supe desde el momento en el que la vi en la biblioteca, pero no puede hacerla a un lado, solo me aferré con fuerza al hecho de dañar a Hiroshi Yagami, solo quería meterme con eso valioso que tenía escondido. No tenía idea de que terminaría amando a su hija con locura y esa era mi más grande perdición. La chica quería vivir feliz, tenía sueños, metas reales por cumplir, un futuro prometedor que le arrebate en un impulso y a ella no le quedó más remedio que adaptarse a mí.

—Siento todo esto, preciosa… Lo siento.

Costó decirle porque mi mente estaba entrenada para no disculparme ante nadie.

—Me mentiste, me usaste, me hiciste caer en la mentira de tu amor y me embarazaste aun cuando no quería, aun cuando decidiste comenzar una guerra… —Se separó de mi para verme con los ojos rojos—. ¿Por qué hacerme todo esto, Alessio? Dime por qué…

La miré por unos largos segundos.

—Porque quería poder, porque te quería conmigo y porque desde el momento en el que te vi supe que serías mía, Amaya, solo mía… Y soy un bastardo egoísta que consigue lo que quiere —admití, haciendo que frunciera el ceño y cerrara sus puños con fuerza en mi camisa—. Todo eso no quita el hecho de que te amo y congelaría el infierno por ti, por nuestro hijo, por todo lo que necesitamos juntos. Tienes que volver conmigo, tienes que hacerlo.

—No… Mientes, tú no me amas, si me amaras, no hubiese venido por mí, me hubiese dejado ir…

—Vine porque Gemma no podo ocultarme lo que te pasaba, porque me vio hecho trizas por amarte y eso no está en discusión, Amaya… Aún eres mi esposa y lo seguirás siendo hasta el final de mis días, hasta que la muerte nos separa —le advertí y ella negó.

—No quiero vivir en esta vida, no puedo, yo…

Se estaba quebrando de una forma que odié.

—Puedes hacerlo, lo sé, me lo demostraste más de una vez. Solo tienes que ser fuerte, y más si tienes a nuestro hijo en tu vientre… Así que, si quieres llorar, pelear, discutir o hacerme un miserable, este es tu momento, pero cuando salgamos afuera eres la señora Milano, eres la mujer de un capo.

Sin esperármelo, me volteó la cara de una cachetada, me llevé la mano a la mejilla y al verla, disfruté de la ira velada, del ardor que se posaba en sus mejillas. Eso era lo que quería ver en ella, eso era lo que necesitaba sacar a flote para que no terminase en pedazos rotos, no obstante, tenía un trabajo difícil por lograr, uno difícil por llevar a cabo al ganarme su perdón.

Con una sonrisa, la apresé en mis brazos antes de llevar mi mano derecho a su nuca para estamparle un beso que nos sacudió el cuerpo, un beso que nos aceleró el alma, un beso que sacó todo lo que teníamos guardados dentro de nosotros. Amaya no se alejó, me siguió el beso con hambre, como si estuviese hambrienta de amor, hambrienta de deseo, hambrienta de anhelo.

Nos besamos con todo hasta que ninguno de los dos pudo respirar más.

—Eres mía, y es hora de que lo entiendas —dije antes de levantarnos.

La llevé hasta la cama y entré al baño para ver las pruebas que su hermano le había comprado. Eran seis pruebas de marcas diferentes y todas y cada una de ellas decían que estaba esperando a mi hijo, al futuro de la Camorra, al fruto de nuestro amor.

Salí con la sonrisa más radiante y le respondí a la pregunta muda que su boca era incapaz de decir.

—Seremos padres y hoy soy el hombre más feliz de la vida.

Ella, por primera vez en todo el encuentro, me dio la sonrisa más grande del mundo antes de que el sonido que menos esperaba escuchar nos envolviese por completo.

Un disparo nos aturdió, me acababan de disparar.

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