El jet privado aterrizó en Nueva York bajo cielos grises, un marcado contraste con el brillante sol de Santorini que habían dejado atrás. Tara miraba por la ventana, con los nervios retorciéndose en su estómago. La reunión de emergencia de la junta directiva se cernía como una nube oscura, y no podía dejar de reproducir el momento humillante de la cena de la noche anterior.
Lucian la observaba en silencio desde el otro lado del pasillo.
—No tienes que hacer esto si no estás lista —dijo—. Puedo