La habitación estaba en completo silencio, apenas iluminada por la luz tenue de la lámpara junto a la cama. Aslin tenía los ojos abiertos, clavados en el techo, sin parpadear. El calor de las sábanas no le ofrecía consuelo, y el cuerpo de Carttal, que antes la abrazaba, ya no estaba junto a ella. Se había levantado en algún momento de la noche sin decir nada, dejándola sola con el eco de sus pensamientos.
Podía oír los latidos de su propio corazón. Eran irregulares, como si dudaran si seguir ad