El auto parecía ir demasiado lento para la furia que tenía en el pecho. Mis manos estaban tensas sobre el volante, los nudillos blancos, y la mandíbula apretada al punto de dolerme. Cada segundo que pasaba sin tenerla, sin saber si estaba bien, sin poder mirarla a los ojos… era una tortura.
Pero hoy…
Hoy uno de ellos iba a pagar.
Apreté más el acelerador cuando vi la entrada del depósito. Las puertas de acero estaban abiertas y los hombres de confianza de Ethan montaban guardia afuera. Cuando b