No sé cuánto tiempo estuve allí, en el suelo, abrazando mis rodillas, con la sábana pegada a mi cuerpo y el rostro empapado en lágrimas. El sol ya se filtraba por las cortinas cuando escuché la puerta abrirse con cuidado.
Levanté la mirada, confundida, rota. Era una mujer. Una sirvienta, con un vestido gris claro y el cabello recogido. Sus ojos se posaron en mí por un segundo, y vi en su mirada un poco de compasión. Pero no dijo nada.
—Señorita Aslin… —dijo en voz baja—. Tiene que levantarse. V