La bandeja temblaba entre mis manos. Caminé con pasos pesados por el pasillo que conducía al comedor, como si estuviera cruzando un cementerio. Sabía lo que me iba a encontrar. No necesitaba verlo para saberlo. Lo sentía en la piel.
Empujé la puerta, y ahí estaba.
Alexander.
Sentado con la misma arrogancia de siempre.
Y sobre sus piernas… Jessica.
Mi reflejo maldito.
Ella estaba montada en él, con sus manos rodeándole el cuello, y su boca… su boca devorándolo como si yo nunca hubiera existido.