La noche había caído como un manto pesado, espeso. En el sótano, la oscuridad era casi total, apenas rota por la tenue luz de una bombilla parpadeante colgada en lo alto, como si también ella estuviera muriendo lentamente.
El cansancio me arrastraba, me aplastaba el pecho. Mis párpados caían por momentos, y aunque luchaba por mantenerme alerta, mi cuerpo empezaba a rendirse. Estaba débil, roto, pero no vencido. Mi mente aún resistía.
Y fue entonces cuando lo escuché.
Un crujido leve. Apenas per