Sintiéndome aburrida por las constantes muestras de amor de Alexander y Arlette, decido levantarme de la mesa e ir a mi habitación.
—Hermanita, ya estás satisfecha, pero si ni siquiera has tocado tu plato —me dice Arlette, dándome una sonrisa burlona sin que nadie lo notara. Le dedico una rápida mirada y decido ignorarla.
—Déjala, querida, no te preocupes por ella, sabes que tu hermana es una ingrata —escucho decir a mi padre, y aprieto mis manos en puños, sintiendo cómo las uñas se clavaban