Capítulo 3
Por la tarde, Julián finalmente vino a verme.

Trajo a un médico y una caja de los pastelitos que más me gustaban.

Apenas entró, me puso la mano en la frente.

—¿Qué te pasa últimamente, Inés? Anoche te desmayaste y hoy casi no podías mantenerte en pie.

Aparté el rostro.

—No es nada. Con un poco de descanso se me pasará.

Julián parecía resignado.

—Inés, sé que todavía estás enojada conmigo. Pero ya te lo dije: pase lo que pase, me casaré contigo.

Siete años atrás, Julián había recibido tres balazos por protegerme.

Pasó un mes en el hospital y yo me quedé a su lado durante todo ese tiempo, sin atreverme siquiera a cerrar los ojos por las noches.

El primer día que despertó, me tomó de la mano y me prometió:

Mientras él siguiera vivo, nadie volvería a hacerme daño sin tener que enfrentarse a él.

Por eso, la noche anterior había sido a él a quien miré por última vez.

Creí que, cuando todos los demás eligieran a Catalina, al menos él me elegiría a mí una sola vez.

Pero no lo hizo.

Lo miré y le pregunté de pronto:

—Julián, ¿de verdad te parece tan bonita esa promesa?

Se quedó desconcertado.

—¿Qué quieres decir?

—Crees que pueden entregarme al enemigo, humillarme y arruinarme la vida, y que, mientras sigas dispuesto a casarte conmigo, eso basta para demostrar cuánto me amas.

La expresión de Julián se ensombreció poco a poco.

—¿De verdad tienes que tergiversar mis palabras de esa manera?

Al escucharlo, me limité a sonreír levemente.

—Entonces, dime una cosa. Si lo de anoche hubiera sido real, ¿me habrías protegido y te habrías negado a entregarme al enemigo?

Sus labios se movieron, pero no respondió de inmediato.

Aquel silencio fue respuesta suficiente.

Al cabo de un rato, se frotó la frente con impaciencia.

—Lo de anoche ya pasó. ¿Por qué tienes que obsesionarte con algo que ni siquiera ocurrió? Cuando Catalina se case el mes que viene, fijaremos también nuestra fecha de boda. Siempre has querido casarte conmigo, ¿no? Pues haremos todo a tu gusto.

Si hubiera escuchado esas palabras siete años atrás, seguramente me habría pasado la noche entera sin poder dormir de la emoción.

Ahora, solo hice girar el anillo de compromiso en mi dedo.

—Ya veremos. Últimamente no tengo ánimos para pensar en eso.

La expresión de Julián se endureció.

—Está bien. Si quieres seguir haciendo berrinches, adelante. De todos modos, seguimos comprometidos. No puedes escapar de mí.

En ese momento, se oyó la risa de Catalina desde la planta baja.

El prometido de Catalina había enviado los regalos de compromiso.

Nuestra madre no tardó en subir a pedirme el collar de perlas que mi padre me había dejado, para que Catalina lo luciera el día de su boda.

Mi padre me lo había regalado cuando cumplí dieciocho años.

Me había dicho que lo llevara el día de mi boda.

Julián me miró instintivamente.

—Si no quieres dárselo, puedo hablar con tu madre.

Antes de que pudiera responder, nuestra madre frunció el ceño.

—Solo vamos a prestárselo a Catalina para la boda. Su familia es importante. No podemos dejar que se case sin estar a la altura.

Le pregunté:

—Ella tiene sus propias joyas. ¿Por qué tiene que llevarse las mías?

Nuestra madre se quedó sin palabras por un instante, pero enseguida replicó:

—Porque le gusta. Además, tú y Julián llevan siete años juntos. ¿Acaso crees que no tendrás joyas mejores cuando te cases?

De pronto, perdí las ganas de discutir.

Le entregué el joyero sin más.

—Llévatelo. No hace falta que me lo devuelvas.

Al oírme, nuestra madre se enfadó todavía más.

—¿Qué clase de actitud es esa? ¡Te pedimos una cosa y encima te pones de malas!

Julián intervino en voz baja.

—Inés, no te pongas así.

Los miré y comprendí que explicárselo sería demasiado agotador.

—No estoy resentida. Simplemente, ya no necesito esas joyas.

La expresión de Julián cambió de inmediato.

—¿Qué quieres decir con que ya no las necesitas?

No respondí.

De pronto, un dolor agudo me atravesó el pecho.

Me di la vuelta y entré en el baño.

Apenas cerré la puerta, vomité sangre en el lavabo.

Julián llamó desde el otro lado.

—¡Inés! ¿Qué te pasa?

Abrí el grifo y dejé que el agua se llevara la sangre.

—No es nada. No entres.

Al otro lado de la puerta hubo unos segundos de silencio.

Poco después, alguien lo llamó desde abajo. El prometido de Catalina acababa de llegar y querían que Julián se uniera a ellos para beber.

Al final, solo me dijo:

—Descansa. Vendré a verte esta noche.

Sus pasos se alejaron rápidamente.

Me apoyé en el lavabo y levanté la cabeza.

Mi reflejo en el espejo mostraba un rostro tan pálido que daba miedo.

De pronto, comprendí algo.

Probablemente no viviría lo suficiente para llegar a ese futuro del que todos hablaban, en el que tendría joyas mejores.

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