WILL, EL VALIENTE
—¿Casarse? —miró a su hija— ¿Cómo que te vas a casar?
—Enzo, no seas precipitado, como siempre. —me dio un golpecito en el pecho.
Antes de que retirara la mano, la tomé y besé su dorso:
—No estoy siendo precipitado, amor. Solo no veo la hora de compartir nuestra vida. Y nuestro amor, claro.
Maria Fernanda se quedó mirándome y parecía que el tiempo se había detenido en ese instante y nada más existía salvo nosotros dos. Joder, ¿cómo era posible aquello? ¿Por qué coño mi corazón