Cuando salimos de la UCI neonatal, Enzo me sostuvo con su cuerpo, ayudándome a caminar. Aún no me había recuperado del todo.
Antes de llegar al pasillo donde estaba mi habitación, tomó mi mano y se posicionó frente a mí.
— Nunca más voy a permitir que nadie te haga daño.
Aquella frase era típica de él. No me conmoví:
— Claro que no, Enzo. Tú me hiciste suficiente daño como para que ya no quedara nada más por lastimar.
— Sé todo lo que hice mal, Manzanita. Y…
— No soy tu Manzanita, Enzo — intent