LA PERSONA MÁS IMPORTANTE
—Te doy el celular —grité, aterrorizado.
Pero no solo grité. Ya estaba en la sacada. Y ella seguía allí, sentada en el borde, como si fuera algo normal, cuando estaba poniendo en riesgo no solo su vida, sino también la de nuestro bebé.
—¡Entra! —supliqué, con la voz quebrada—. Por favor, entra y sal de ahí. Te doy el celular. Es más, puedo comprarte todos los celulares del mundo.
—Ahórrate tus exageraciones. Solo los usas cuando te conviene. ¿Para qué querría tantos ce