Después de algunas horas de medio dormir, siento como a mi lado Ana se remueve incómoda y retira con suma lentitud mi brazo que reposa sobre su cintura.
—¡Quédate, Ana! ¡No te vayas, por favor! —suplico aferrándome a su cintura.
—¡Damien!, creí que dormías. No me pensaba ir, solo quiero bajar y beber un vaso de agua. Además, sería un poco ilógico irme de mi propia casa, ¿no lo crees? Anda mejor sigue durmiendo —me insta intentando levantarse.
—No puedo dormir cuando estoy contigo —confieso bes