—¿Qué se le ofrece? —brama uno de mis hombres apuntándome con su arma en cuanto llegó a las rejas.
—Soy tu jefa, ábreme la puerta —le ordenó destapando solo un poco mi rostro, que gracias a la oscuridad es imperceptible para cualquiera que no esté lo suficientemente cerca.
—L-lo siento jefa, le aseguro que no fue mi intención hacerla esperar —se disculpa mi hombre con la voz entrecortada debido al miedo y abriendo con manos temblorosas las rejas.
—No te preocupes, únicamente estás haciendo tu t