Damián llegó esa tarde con las manos demasiado quietas.
Eso fue lo primero que noté.
No traía bolsas, ni juguetes, ni galletas, ni botellas de agua, ni cuadernos olvidados, ni excusas de papá practicante. Llegó después de dejar a Mateo en la sala con una torre de bloques que, según mi hijo, era “una