Entonces apareció ella.
La madre de Damián.
No la había visto en mucho tiempo, pero seguía teniendo esa elegancia fría que no necesitaba levantar la voz para hacerte sentir fuera de lugar. Miró primero a su hijo, luego a mí, y en esa pausa breve me puso todos los nombres que no dijo.
—Damián —saludó