Salí de esa sala sin ganas de celebrar, pero con una sensación nueva: esta vez no me habían quitado nada.
No era felicidad.
Tampoco tranquilidad.
Era algo más raro. Como cuando una pasa años esperando que alguien le arrebate el piso y, de pronto, el piso sigue ahí. Medio torcido, con grietas y proba