El contrato
Jason no perdió el tiempo.

Me condujo a una sala de conferencias privada en el último piso del edificio. No pertenecía a la empresa de Oscar, sino a la firma de inversiones que poseía discretamente propiedades por toda la ciudad. Tenía ventanales del suelo al techo y paredes insonorizadas. La clase de lugar donde se tomaban decisiones antes de que el resto del mundo siquiera se enterara de ellas.

Él esperó a que la puerta se cerrara.

Entonces dijo:

—Quiero proponerte matrimonio.

No me reí.

No me inmuté.

Lo estudié.

—¿Ahora es cuando finges que se trata de algo romántico? —pregunté.

Sus labios se curvaron ligeramente.

—No. No insulto la inteligencia de las personas.

Bien.

—Sería un matrimonio por contrato —continuó Jason—. Público. Legal. Beneficioso para ambos.

Crucé los brazos.

—Comienza por explicarme por qué.

Asintió una vez.

—Mi empresa está creciendo. Y rápido. Adquirimos corporaciones en dificultades, las reestructuramos y luego las vendemos o las reconstruimos para hacerlas más sólidas. Esa clase de crecimiento atrae atención: la de los inversionistas, los organismos reguladores y los medios de comunicación. Una imagen intachable, estable y de familia los tranquiliza a todos.

No dije nada.

—Necesito una esposa —prosiguió con calma—, que comprenda el poder. Alguien capaz de leer el ambiente, anticiparse a las jugadas y conseguir lo que quiere sin anunciarlo.

Su mirada se volvió más penetrante.

—Necesito a alguien como tú.

Arqueé una ceja.

—Apenas me conoces.

—Sé lo suficiente —respondió Jason—. Construiste un imperio inmobiliario en silencio. Financiaste propiedades con tu propio dinero cuando todos los demás entraron en pánico. Pusiste fin a un compromiso de siete años sin suplicar explicaciones. También eras brillante en la universidad y dudo que eso haya cambiado.

Hizo una pausa.

—Además, sonreíste cuando Recursos Humanos te informó que estabas despedida.

Exhalé por la nariz.

—Así que estabas observándome. Eso significa que sabías que iban a despedirme hoy. Todo esto tiene que ver con las apariencias.

—En parte —reconoció sin disculparse—. Mi padre te aprecia mucho. Oscar se hizo un nombre gracias a ti. Él se opuso a que te despidieran; se preocupa por ti y, cuando descubrió que los activos más importantes te pertenecían legalmente a ti y no a la empresa, maldijo a mi hermano y me llamó. Pero también resulta conveniente que seas Amber Asher.

Ahí estaba.

La familia Asher.

Una de las Cinco Grandes Familias que controlaban discretamente la ciudad a través de los bienes raíces, las finanzas, la política, la infraestructura y su influencia. Mis padres me habían criado lejos del ojo público y, aun después de sus muertes, nuestro apellido seguía teniendo peso y dinero.

—Eres la única heredera —continuó Jason—. Todos los activos, todos los fideicomisos y todas las propiedades familiares. El apellido Asher abre puertas que el dinero por sí solo no puede abrir.

Me recosté en la silla.

—Y a ti tampoco te falta precisamente linaje.

—No —coincidió—. Soy Jason Sun.

Otra de las Cinco Grandes Familias.

—Heredé el legado de los Sun por parte de mi madre —explicó. Su voz se mantuvo firme, aunque se tornó más fría—. Ella era la heredera. Cuando murió, yo tenía cinco años y ahora están considerando nombrarme jefe de la familia.

Permanecí en silencio.

—Mi padre volvió a casarse dos años después —prosiguió Jason—. Fue entonces cuando llegó Oscar.

Todo encajó.

Oscar no era el heredero.

Nunca lo había sido.

—No necesito amor —declaró Jason con serenidad—. No necesito una lealtad construida sobre fantasías. Necesito cooperación. Discreción. Inteligencia.

Deslizó una carpeta por la mesa.

—Un contrato matrimonial —dijo—. Dos años, renovable por mutuo acuerdo. Independencia financiera absoluta. Patrimonios separados. Cláusulas de rescisión claras.

Lo abrí.

Cláusulas de protección.

Acuerdos de no interferencia.

Apoyo público mutuo.

Y una línea que me cortó la respiración:

Independencia profesional garantizada.

—Trabajarías con mi empresa —añadió Jason—. Siendo tú misma y usando tu propio nombre. Y con plena autoridad, si así lo deseas. O podrías crear tu propia empresa. La decisión es tuya.

Cerré la carpeta lentamente.

—¿Y qué obtendría yo —pregunté—, además de aparecer en los titulares y tener un esposo conveniente?

Sostuvo mi mirada sin inmutarse.

—Seguridad. Influencia. Una plataforma desde la cual nadie pueda volver a silenciarte.

Entonces añadió en voz más baja:

—Y la libertad de terminar lo que comenzaste.

La ciudad se extendía bajo nosotros: cristal, acero y ambición.

Pensé en Oscar.

En siete años desperdiciados.

En los edificios que se alzaban sobre terrenos y propiedades que yo había pagado.

Miré a Jason a los ojos.

—No finjo —dije.

—Yo tampoco —respondió.

Respiré hondo.

—Entonces prepara la versión definitiva —dije—. Porque, si voy a hacer esto, será bajo mis condiciones.

Una sonrisa lenta y afilada apareció en el rostro de Jason.

—Esperaba que dijeras eso.

Y así, sin más, acepté un matrimonio que cambiaría para siempre el equilibrio de poder de la ciudad.

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