Los golpes llegaron quince minutos después.
Firmes.
Autoritarios.
Sin vacilación.
Las puertas se abrieron y entró la policía.
Pero los agentes no venían solos.
Los siguieron cámaras, micrófonos y luces parpadeantes. Los medios de comunicación habían llegado con ellos.
Alguien les había dado el aviso.
Las ventanas de la sala de juntas daban al vestíbulo y, desde donde estaba, podía ver el caos en el piso inferior. Los empleados permanecían paralizados. El personal de seguridad intentaba c