La mandaron llamar.
Sin demora.
Sin previo aviso.
La puerta se abrió diez minutos después.
Amelie entró con un aspecto impecable: descansada, pulcra y perfectamente arreglada. Su postura no revelaba el menor rastro de nerviosismo.
Al menos hasta que sus ojos se posaron en mí.
Durante una fracción de segundo, el color abandonó su rostro.
Después se recuperó.
Demasiado rápido.
Le ordenaron que se sentara.
Lo hizo.
Claudia, una de las integrantes más perspicaces de la junta y conocida po