Mundo de ficçãoIniciar sessãoAmber
Al día siguiente…
Contemplo la ciudad desde el ventanal de mi nuevo despacho en el distrito financiero. Santiago de León se extiende a mis pies, ruidosa y ajena a mis planes. No es el lujo lo que me seduce de este lugar, sino la libertad que este estatus me otorga. Aquí, soy la abogada Amber Tovar, no la reclusa número 402.
—Estoy generando excelentes honorarios, Dylan. Gracias a la oportunidad que me diste en este bufete, estoy convencida de que en pocos meses tendré lo suficiente para la inicial de mi propio apartamento —le digo, girándome hacia él con una sonrisa que sé que es fría.
Dylan aplaude, pero noto esa sombra de frustración en su rostro. Sé que quiere ser mi salvador, el hombre que me saque de la escasez, pero no voy a permitirlo. Ya cometí ese error una vez. Acepto su plataforma, su red de contactos, pero mi reconstrucción será financiada con mi propio esfuerzo.
—¡Eso es genial! —reaccionó él, forzando el entusiasmo—. Sabes que no es necesario que te apresures, pero admiro profundamente tu independencia. A pesar de las tormentas, nunca permitiste que te derrotaran.
—Esa fiesta de aniversario fue mi mejor carta de presentación —continúo, ignorando su tono romántico—. Los clientes están llegando, Dylan. Y esta vez, yo soy quien elige a quién representar.
(***)
Christopher
No pude más. Mi orgullo se hizo pedazos frente a la obsesión. Esa mujer del vestido verde olivo se me aparecía cada vez que cerraba los ojos. Llamé a Glenys Fontalvo, la directora del retén y mi antigua aliada, para confirmar lo que mi corazón ya gritaba.
—Glenys, necesito saber qué ha sido de Amber. ¿Sigue en la cárcel? —pregunté sin rodeos, con el auricular apretado contra la oreja.
Horas más tarde, recibí la llamada de vuelta. Sus palabras fueron como estocadas directas al pecho.
—Se graduó de abogada allí dentro, Christopher. Obtuvo una reducción de pena por buena conducta y salió en libertad hace dos meses. Dicen que ya está ejerciendo y que se la ve mucho con Dylan Lugo.
Colgué el teléfono y cerré los ojos con fuerza. ¡Entonces sí era ella! ¡Era Amber! La rabia comenzó a consumirme. No solo estaba libre; estaba radiante, exitosa y, por supuesto, de nuevo en los brazos de mi peor enemigo.
El despecho, ese sentimiento que creía haber enterrado bajo capas de indiferencia, emergió con una virulencia que me asustó. Me sentí un estúpido, un espectador de su gloria mientras yo seguía atrapado en el fango de mis recuerdos.
(***)
Amber
Tres meses después de mi liberación, he regresado al penal. Pero esta vez no entro esposada ni con la cabeza baja. Cruzo el umbral como una mujer poderosa. Me reúno con Brenda, la directora que me protegió, y compartimos un café en su oficina.
—Alguien estuvo preguntando por ti hace poco —me revela ella con suspicacia—. Una llamada del retén policial.
—Glenys Fontalvo... —susurré, sin sorpresa—. Seguro para darle información a Christopher. Deja que pregunte, Brenda. Que sepa que estoy fuera, que sepa que existo. Pero hoy vengo por algo más concreto. ¿Tienes los nombres que te pedí?
Brenda, con una sonrisa de complicidad, me entregó una hoja de papel. —Aquí tienes los datos de las cinco mujeres que te golpearon. Y tengo noticias: la líder del grupo será trasladada aquí mañana. Está buscando defensa legal para un nuevo cargo de asalto.
—Maravilloso —respondo, y siento cómo una luz peligrosa brilla en mis ojos—. Por favor, autoriza que se entreviste conmigo. Quiero ser yo quien asuma su caso.
Al día siguiente, me siento frente a ella en el área legal. La mujer exhala un olor a tabaco rancio y su actitud destila una violencia que me resulta familiar. No me reconoce. Para ella, soy solo una abogada elegante y sofisticada, muy distinta de la jovencita ensangrentada a la que casi mata hace dos años.
—¿Dígame a quién hay que golpear, licenciada? —me suelta con su voz áspera—. Si me saca de este lío, le hago el trabajito que quiera.
Me inclino hacia adelante, dejando que mi voz caiga como un hilo de seda fría. —A nadie. Ese no es mi estilo. Yo uso las leyes, no los puños. Pero necesito algo de ti para motivarme a asumir tu defensa. Algo que realmente valga mi tiempo.
La veo dudar, intimidada por mi seguridad. Empieza a alardear de sus "trabajitos" pasados para impresionarme. Describe con orgullo cómo, junto a otras cuatro, le dieron una paliza a una "niñita tonta" en el retén por órdenes superiores. Cada detalle que sale de su boca coincide con mi propio calvario. El nudo en mi garganta se aprieta, pero mantengo mi máscara de piedra.
—¿Cómo sé que puedo confiar en ti? —me pregunta, detectando el cambio en la atmósfera.
—La misma directora me recomendó —respondo, levantándome—. Pero para sacarte de aquí, necesito nombres. ¿Quién pagó por ese "trabajito" en el retén?
La mujer mira hacia los lados y baja la voz. —El guardia que nos dio acceso era un tal Mendoza. Pero el dinero... el dinero vino de afuera. Fue una orden directa para que la chica no saliera viva o, al menos, para que nunca pudiera tener hijos.
El mundo parece detenerse. Recordar mi aborto es como sentir el impacto de nuevo en el vientre. Durante este tiempo, alimenté mi odio contra Christopher, convencida de que él había dado esa orden.
—¿De quién? Dame el nombre —le exijo, mi voz es casi un susurro quebrado.
—Mendoza dijo que la orden venía de una ricachona con ínfulas de reina. Se llamaba Michelle... Michelle Fontaine.
Siento que el aire se vuelve viciado. El impacto me golpea con la fuerza de un rayo. No fue Christopher. Fue Michelle. La mujer que fue a verme a la cárcel para "consolar" mi dolor fue la autora intelectual del asesinato de mi hijo.
—¿La puedes describir? —pregunto, sintiendo una furia volcánica arder bajo mi piel.
—Como de unos treinta años —responde la detenida—. Alta, blanca, de esos ojos verdes que parecen rendijas. El pelo largo y rubio. Era de contextura gruesa, se veía que tenía dinero y mucha rabia encima.
Siento un sabor metálico en la boca. Desbloqueo mi celular y busco una fotografía de Michelle Fontaine en un evento social. Giro la pantalla hacia ella. —¿Es ella? La reclusa asiente con vehemencia.
—¡Sí, esa! ¡Esa misma fue la mujer que nos contrató! Nos dijo que la quería marcada, que la quería rota por dentro. Y así fue...
—Desgraciada... —masculló, cerrando el celular con un golpe seco.
Salgo de la prisión sintiendo que el suelo tiembla bajo mis pies. El tablero ha cambiado. Christopher fue un monstruo al abandonarme y al denunciarme por algo que no hice, pero Michelle... ella me arrebató la vida que crecía en mi interior.
Mi sed de venganza, que ya era inmensa, acaba de encontrar un nuevo y más sangriento objetivo. Si pensaban que me habían roto por dentro, se equivocaron. Me forjaron en acero, y ahora voy a utilizarlos para destruirse los unos a los otros.







