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Capítulo 2. La venganza de Christopher

Christopher

El aire se sentía como plomo en mis pulmones mientras miraba por el retrovisor. A lo lejos, el auto de Amber era solo una mancha de metal retorcido contra el pavimento. Durante un segundo que pareció una eternidad, el pánico luchó contra la rabia en mi pecho, pero el odio terminó por ganar la partida. Recordé las fotos, recordé el torso desnudo de Dylan y la forma en que ella llevaba su chaqueta.

—¡Maldita seas! —rugí, hundiendo el pie en el acelerador.

El motor de mi Ferrari bramó, un sonido ensordecedor que utilizó para ahogar el rastro de mi conciencia. No iba a bajar. No iba a socorrer a la mujer que me había apuñalado por la espalda de la forma más vil. La dejé atrás, desmayada y herida sobre el volante, mientras huía del lugar como si con la velocidad pudiera dejar atrás también mi vida entera.

(***)

Unos días después…

Amber

Solo recuerdo oscuridad y el eco metálico de un impacto. Lo siguiente que registré fue el sonido de sirenas y gritos lejanos. Sentía que mi cuerpo no me pertenecía; cada fibra me dolía, pero el dolor físico no era nada comparado con el hueco que sentía en el alma.

Christopher me había perseguido, me había acosado hasta hacerme perder el control, y luego... nada. El silencio de su parte fue absoluto. Desperté en el hospital, bajo la mirada angustiada de mi madre y el diagnóstico reservado de los médicos, pero lo que realmente me estaba matando era saber que el hombre que juró protegerme me había abandonado en mi peor momento.

(***)

Christopher

Pasé una semana sumergido en un naufragio de whisky y sombras. Mi penthouse, que solía ser un santuario de orden, se convirtió en un vertedero de botellas vacías y restos de comida. No me había afeitado, no había dormido más de tres horas seguidas sin despertarme gritando su nombre.

—¿Qué demonios estás haciendo con tu vida? —La voz de Joshua me golpeó como un latigazo. No escuché cuando entró.

—Vete —gruñí desde el sofá, hundiéndome más en mi miseria.

—No te estoy pidiendo permiso —Joshua me tomó del brazo y me obligó a levantarme, apartando una botella de mi camino—. ¿Vas a darle el gusto a Amber de que te vea así, destruido? ¿Quieres que ella gane mientras se ríe de ti con su amante?

—¡Ya te dije que no! —rugí, zafándome de su agarre—. ¡No voy a salir para que el mundo se burle de mí! ¡Me engañó con ese imbécil en mi propia cara!

—Nadie sabe lo que pasó en ese hotel, Christopher —sentenció él, cruzándose de brazos—. A menos que te quedes aquí confirmando los rumores con tu ausencia.

Sin darme tiempo a protestar, me arrastró al baño. Abrió la llave de la ducha y dejó que el agua helada me golpeara el cuerpo. Me quedé allí, inmóvil, sintiendo cómo el chorro lavaba días de negligencia y autocompasión, pero no lograba limpiar la suciedad que sentía por dentro.

Horas después, tras una comida que me supo a ceniza, Joshua me convenció de irme. Necesitaba silencio. Salí de la ciudad sin rumbo fijo, pero antes de irme, di una orden tajante a mi equipo de Relaciones Públicas: la boda quedaba cancelada. No hubo explicaciones, solo un corte limpio y frío. Quería que ella supiera que, para mí, ya estaba muerta.

(***)

Regresé una semana después, pero no traía la paz conmigo. El dolor se había cristalizado en una coraza de hielo. Me instalé en mi oficina con una eficiencia implacable. Michelle Fontaine ya me esperaba con una expresión que pretendía ser de alarma, pero que no logré descifrar.

—Tenemos problemas graves, Christopher —anunció, soltando un fajo de documentos sobre mi escritorio—. Perdimos las tres licitaciones clave del trimestre. Todas.

Clavé mi mirada en ella, sintiendo cómo la furia renacía. —¿Cómo es posible? Pagamos lo necesario. Teníamos la mejor oferta del mercado.

—Al parecer, alguien nos traicionó —aseguró ella, bajando la voz y acercándose a mí—. Filtraron nuestra estrategia confidencial. Dylan Lugo se llevó los contratos por una cifra irrisoria. Ganó por casi nada, como si supiera exactamente cada centavo que ofertamos.

Golpeé el escritorio con una agresividad que hizo saltar mis bolígrafos. —¡Eso es inaceptable! Esa era tu responsabilidad, Michelle.

—¡Si hablamos de responsabilidades, tu "noviecita" también manejaba esa información! —se defendió ella con un desdén que me quemó—. Tengo mis sospechas, Christopher.

Un nudo se me formó en la garganta. La imagen de Amber en la suite de Dylan volvió a mi mente como una ráfaga de fuego. ¿Había sido ella? ¿Había vendido mis secretos mientras me juraba amor eterno? La idea de la doble traición —sentimental y profesional— terminó de envenenar mi juicio. Amber no era solo una mujer infiel; era una espía.

—Convoca a los abogados ahora mismo —ordené con voz sombría—. Quiero medidas drásticas.

«Si ella quiere jugar a la guerra, le daré una que no podrá olvidar» pensé.

Amber

El día que me dieron el alta, mi cuerpo aún se sentía como si hubiera sido arrollado por un tren, pero mi alma estaba hecha pedazos. Mi madre me ayudaba a vestirme en silencio hasta que finalmente no pudo más.

—Hija, tengo que preguntarte... ¿qué pasó con Christopher? No ha venido ni un solo día. No devuelve las llamadas. ¿Se pelearon?

—¡Mamá! —Estallé en un llanto incontrolable, aferrándome a su hombro—. Yo no me peleé con él... yo estaba huyendo de él. El accidente no fue casualidad. Christopher me persiguió con su auto, me acosó hasta que perdí el control.

—¡No puede ser! —exclamó ella, horrorizada—. Él es un hombre bueno, él te ama...

—Yo creía lo mismo —respondí con la voz apagada—. Pero en el hotel se convirtió en un monstruo. Me golpeó, mamá. Golpeó a Dylan hasta casi matarlo. Me acusó de cosas horribles que nunca hice.

Mi madre se quedó sin palabras. Sentía el peso de la culpa por Dylan, de quien no sabía nada, y el terror de saber que el hombre que amaba ahora me odiaba con una fuerza destructiva que no conocía límites.

Al llegar a mi apartamento, esperando encontrar un poco de refugio, el timbre sonó con una insistencia metálica que me erizó la piel. Mi madre abrió y se encontró con el rostro severo de la justicia.

—¿Aquí vive la señorita Amber Tovar Marín? —preguntó un hombre mostrando una identificación oficial.

—Sí, soy yo —respondí, apareciendo detrás de ella. Estaba pálida, apenas podía mantenerme en pie.

—Queda usted bajo arresto por los delitos de revelación de secreto empresarial, enriquecimiento ilícito y delitos informáticos en perjuicio de la empresa Morillo & Wood.

El mundo giró violentamente. La acusación era tan absurda, tan monstruosa, que mis piernas cedieron. Me desplomé en el suelo, perdiendo el conocimiento. Christopher no se había conformado con romperme el corazón y casi matarme en un accidente; ahora quería verme tras las rejas.

Cuando desperté en el sofá, los oficiales no me dieron tiempo para asimilar nada. Me pusieron las esposas. El frío del metal contra mis muñecas fue el golpe de realidad final.

—¡No! ¡Hija, no! —gritaba mi madre mientras me escoltaban hacia la patrulla.

Me subieron al vehículo y, mientras nos alejábamos, miré por la ventana con ojos ausentes. La traición de Christopher era total, absoluta y devastadora. Me enviaba a una celda construida con sus mentiras y su odio.

Mientras la delegación policial se dibujaba en el horizonte, una pregunta quemaba en mi mente como ácido: ¿Seré capaz de sobrevivir a la cárcel del hombre que todavía, a pesar de todo, ocupa mi corazón?

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Antho MoralesCondenado hombre......
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