Alas.

Los dos abrieron los ojos como platos y me miraban con tristeza. Sabía qué hacía lo correcto.

—Yo… —articuló Luca—. Yo te di mi palabra, y si eso quieres, eso tendrás.

—¿Acaso eres idiota? —dijo Alec molesto—. ¿Piensas dejarla ir?

—Él me dio su palabra y la está cumpliendo —dije defendiéndolo.

—Mañana mismo estarás en tu antigua casa, Adalyne —aseguró Luca, y yo sonreí.

—Gr… gracias —dije, esbozando una sonrisa.

—Bien, me rindo —dijo Alec mientras alzaba las manos en señal de rendición.

—Vendré
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