—Anciano, ¿Me amas? — él entrejuntó sus cejas queriendo comprender a que se debe su pregunta.
—¿De verdad tú… me haces esa pregunta? — Hazel recostada sobre él, sonríe.
—Sí, es que hoy no me has dicho lo mucho que me amas, por eso pregunto — él acarició su espada desnuda y posó un beso en su cabeza.
—Es cierto, qué idiota he sido, mi amor. Te amo, y decirte que cifra sería imposible, no hay cifras para lo mucho que te amo, es demasiado, infinito, y mucho allá de él, si tú y yo nos llegamos a se