CAPÍTULO VEINTISÉIS

AMÉLIA LEAL

Existir una volubilidad en el humor de este hombre que sólo Dios puede explicar, no es posible. Una hora estamos bien y a la siguiente parece querer arrancarme la cabeza, no puedo con eso.

Vale, está bien, yo tampoco soy un cariño. Excepto que estuvimos bien hasta el desayuno, riendo y hablando como si él no fuera un enemigo declarado de mi familia, y luego todo cambió, de repente.

Cielos, me chupó el coño anoche como si fuera su postre favorito y ahora tiene este ceño fruncido, dig
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