HENRICO ZATTANI
— ¡Debo haberme vuelto loco por creerte! —gruño, tratando de no saltar encima del hombre y tomar el volante.
—Me estás robando la concentración, muchacho. Mantén la boca cerrada. —Augusto gruñe a mi lado, conduciendo como una puta tortuga.
Llego al límite de mi paciencia y golpeo mi puño contra la radio del auto, silenciando la melodiosa música que comenzó a sonar tan pronto como entré al vehículo.
— Mira, no te lo voy a negar y decir que no imaginé formas de matarte, pero nunca