Las luces del núcleo parpadeaban sin control.
Las pantallas mostraban códigos que cambiaban a una velocidad imposible de seguir.
El sistema estaba reaccionando.
Pero no a Vega.
A Valeria.
Ella seguía frente a la consola, con la respiración agitada.
Sentía algo recorriendo su mente.
No era dolor.
Era… claridad.
—Lo estás sintiendo —dijo la voz de Vega, ahora más tensa—.
Valeria no respondió.
Sus ojos seguían fijos en los datos.
—Valeria, aléjate de ahí —ordenó Helena.
Pero Valeria dio otro paso