Punto de vista de Elena
Metí la mano en el cajón inferior de mi escritorio y saqué un blazer gris oscuro, perfectamente doblado y recién lavado en seco. Lo deslicé por el escritorio de caoba hacia él.
—Gracias por prestarme el blazer —dije en voz baja—. Y gracias por tu discreción el viernes por la noche. Entiendo que mi partida repentina fue abrupta, y dejarte plantado en el pasillo de un restaurante con la factura de la tintorería no fue precisamente la forma más educada de terminar una cita.