Temblando, Marco cayó al suelo, con los ojos enterrados en el pavimento, llenos de desesperación y arrepentimiento. Comenzó a arrancarse los labios secos y agrietados, hasta que la sangre empezó a salir, pese a eso no se detuvo.
Ya no tenía ganas de seguir discutiendo con él. Justo cuando me daba la vuelta para irme, escuché una insistente y tenue voz desde atrás:
—No te preocupes, hermana, eres lo único que me queda. Puedes no perdonarme, pero siempre estaré aquí para ti, incluso si eso me llev