Isabella
Los días en la villa se desdibujan en calor y sal y él. Las mañanas comienzan con su boca sobre mí, despertándome lentamente, las manos fijando la mía en las sábanas mientras el sol sube sobre el mar. Por la tarde, caminamos por los bosques, con el brazo alrededor de mi cintura, los dedos trazando la curva de mi cadera como si no pudiera dejar de tocar. Noches follamos en la terraza, estrellas arriba, olas rompiendo abajo, mis gritos perdidos en el viento.
No se sabe nada de los rusos.