—Depende de mí decidir qué es bueno para mí —Thomas declaró con un tinte de dureza en su voz.
Sylvia frunció el ceño con severidad.
—Ella es tu madre, no puedes simplemente ignorar sus sentimientos.
—Haré que cambie de opinión y haré que nos dé sus bendiciones —insistió rotundamente.
Sylvia no pudo evitar volverse a mirarlo.
La mirada en sus ojos no contenía la quietud habitual dentro de ellos. En cambio, ahora parecían profundos y llenos de una oscuridad inconmensurable, como si fuera