John observó mientras la niña frotaba diligentemente las manos de Madame Stockton, con una suave sonrisa formándose en sus labios.
Después de un rato, Caprice comenzó a sudar y a jadear por aire. John aconsejó:
—Caprice, puedes dejar de dar masajes ahora. Tomar un descanso.
Caprice negó con la cabeza.
John frunció el ceño.
—Vamos, Caprice. Sé una buena niña.
Caprice hizo un puchero y dijo:
—Quiero que la abuela se despierte.
Su determinación desconcertó a John. Teniendo en cue