Serena cayó de rodillas junto al cuerpo de su padre y lo abrazó con todas sus fuerzas, como si al aferrarse a él pudiera impedir que la muerte se lo arrebatara para siempre.
Las lágrimas corrían sin control por sus mejillas.
Todo su cuerpo temblaba.
—¡Padre...! —sollozó con la voz rota—. ¡Por favor, despierta! ¡No puedes dejarme!
Acariciaba su rostro una y otra vez, esperando algún movimiento.
Esperando un milagro.
Pero el hombre permanecía inmóvil.
Su piel comenzaba a enfriarse y aquel silencio