El silencio que envolvía el pasillo era tan pesado que parecía imposible respirar.
Rocco permanecía inmóvil, con el brazo ensangrentado y la pistola apuntándole directamente al pecho.
El dolor era insoportable, pero el miedo que sentía era todavía mayor. Frente a él, Don Elion sostenía el arma con absoluta calma, como si decidir la muerte de un hombre fuera una rutina más de su vida.
Fue entonces cuando un grito rompió aquella tensión.
—¡No!
Minnie apareció corriendo por el corredor con lágrimas