Cuando Elion regresó al camarote, lo primero que vio fue a Serena de pie frente a la puerta.
La joven sujetaba una daga con ambas manos.
Sus dedos temblaban.
Su respiración era acelerada.
Desde que él había salido para atender aquel asunto inesperado, una sensación de peligro no había dejado de perseguirla. Aquella noche, el silencio del crucero le parecía demasiado extraño. Cada crujido del barco, cada sombra proyectada por la luz del pasillo, alimentaba su miedo de que alguien irrumpiera para