Alguien tocó la puerta de mi habitación.
¡TOC, TOC!
-Adelante...
Me tensé.
-Hola Emma.
-Señora Keller...
-¡Oh no, cariño, llámame Alana!
La señora Keller eres tú.
Negué con la cabeza y aunque contuve el llanto lo más que pude, no pude evitar derramar algunas lágrimas.
-Yo no soy la señora Keller, nunca lo he sido, nunca lo seré.
-Emma... Hija.
-¿A qué ha venido señora Alana?
-Yo...
Ay... Supe lo que ocurrió con tu pastelería y también...
Me miró con vergüenza.
-Supe lo que Adam te hizo...