Se levantó a duras penas del suelo, un poco mareada por la intensidad del golpe y se sentó en una de las sillas junto a la camilla. Solo allí se pudo ver los dedos ensangrentados y corrió al cuarto de baño privado que la habitación disponía.
—Ay, no —sollozó frente al espejo, mirándose la cara.
No sabía que el golpe había sido tan fuerte.
Tenía la nariz y los sabios con sangre y se espantó en cuanto se vio. Abrió el grifo de agua fría y se lavó a toda prisa, aun cuando la quemazón que sentía er