Margarita lo observó desde la puerta y se quedó callada algunos segundos, a la espera de que el hombre volviera a mirarla a los ojos.
—Lo lamento —susurró la mujer, pero el hombre cada vez se hacía más inmune a la frialdad de su familia.
—No lo lamentes, no es tu culpa —musitó él y se acercó a la puerta para asegurarse de que estuvieran a solas. Miró a todos lados y se preparó para hablar—. Esta noche, el hijo de Jacinto vendrá y es tu oportunidad de tomar lo que necesitamos.
Las ilusiones de M