Salió del apretado espacio en el que estaba y se levantó del suelo con torpeza. Ya se había acalambrado y las piernas le dolían.
—Solo para que sepas, Lucca Calentín, en cuanto el estúpido contrato se acabe, te daré el divorcio. —Se levantó con un gemido—. Ni loca me quedo casada contigo —gruñó.
—¿Lucca Calentín? —preguntó él, encrespado.
—¡Se te puso dura mientras yo estaba ahí! —gritó indignada, aunque feliz de ver que el amigo sí tenía vida—. ¡Casi me punzó el ojo! —Le escupió a la cara sin