Los trillizos — Miguel y Gabriel (los niños) y Sofía (la niña) — llegaron a casa después de dos semanas en el hospital, todos saludables y hambrientos.
La mansión Braga, que ya había sido un mausoleo de silencio y frialdad, ahora era un caos organizado de biberones, pañales y llantos sincronizados. Eduardo contrató un equipo de enfermeros nocturnos, pero él mismo se levantaba cada dos horas para comprobar que todo estuviera bien.
— Necesitas dormir — insistía Vivian, exhausta pero feliz.
— Duer