El trabajo de parto comenzó a las tres de la madrugada de un martes lluvioso.
Vivian despertó con un dolor diferente a todo lo que había sentido antes: una presión profunda, una ola que comenzaba en la espalda y se extendía por el abdomen. Apretó el brazo de Eduardo, que despertó al instante, con los ojos muy abiertos al verla.
—¿Qué pasa? ¿Qué está ocurriendo?
—Creo... creo que ha llegado la hora.
Lo que siguió fue una coreografía de pánico y eficiencia típicamente de Eduardo. En menos de cinc