Adara no tuvo tiempo de tener segundos pensamientos cuando fue arrastrada precipitadamente a unos brazos fornidos y cálidos, apenas recobró el aliento cuando fue empujada sin cuidado a la orilla de la cama con sábanas de seda color bordó.
Sintió su espalda chocar contra la suavidad de las sábanas de máxima calidad a la que se acostumbró desde que puso un pie en el umbral de la puerta principal de la familia Romanov.
Sus labios fueron tomados agresivamente por el mafioso. Ahí estaba, la agresiv