Capítulo 57
El eco del bastón de Artur se perdió en el pasillo, pero el silencio que quedó en el open space era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Las miradas seguían clavadas en mí, en la puerta de cristal de Sebastián, en el vacío que había dejado el patriarca. Nadie se atrevía a toser, ni a mover